SALVAR AL PERONISMO

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Arturo Illia fue candidato presidencial del radicalismo, en 1963, porque tenía una imagen menos antiperonista que Balbín. Luego, en 1966, Illia fue derrocado por un golpe al que no fueron ajenos ciertos capitostes sindicales vinculados al peronismo. Alfonsín ganó las elecciones condensando el voto antiperonista de la clase media, después del desastroso gobierno de Isabel Perón, y sufrió innumerables paros generales propiciados por Saúl Ubaldini y un sindicalismo hostil. Operaciones muy vidriosas, como el nunca aclarado atentado a la tumba del General Perón, cuyas hipotéticas razones estrafalarias –como la del anillo con la clave de una cuenta cifrada- ceden, más bien, ante las más serias de un intento de desestabilización, son también una forma de ver a un gobierno radical a contraluz. Es más: muchos sostienen que sobre el final del gobierno de Alfonsín el peronismo mandó a Estados Unidos a un economista muy conspicuo para que no le dieran más créditos a la Argentina y acelerar la caída del gobierno alfonsinista. De la Rúa, más allá de los propios y evidentes errores, quedó atrapado en la telaraña de una oposición muy destructiva que se patentizó no sólo en el affaire del Senado sino en la forma conspirativa en que actuó en los hechos de diciembre de 2001.

Hoy muchos dicen que Julio Cobos, si ganara en 2011, no podría gobernar, aludiendo de antemano a los palos en las ruedas que pondrá el sindicalismo en particular y el peronismo en general. Hasta un dirigente gremial en sordina declaró: “¿Cuántos paros tendremos que hacerle a Cobos para que caiga?” Muchos dicen que Cobos será otro De la Rúa. Hasta Duhalde se ha pensado como garante de un eventual gobierno de Cobos, imaginando el oxímoron de un peronismo nuevo (fundado por él) que dimita a su papel de oposición destructiva.

La cuestión es que la Argentina danza al ritmo de la serpentina peronista. Hasta la Revolución Libertadora se definió no por líneas propias, sino en términos de no-peronismo, y Onganía quiso reeditar el gameto militar-sindical del peronismo del 45, de manera tal que aun cuando no está en el gobierno está presente: recortado, se va delineando en la impronta del adversario. Por presencia o por ausencia, el peronismo ha sido el eje crucial de la política argentina en las últimas seis décadas.

Algunos, los más críticos, querrían eliminarlo, borrarlo del escenario, creyendo que mediante ese sortilegio perentorio se podría inaugurar el comienzo del progreso argentino. Lo que no advierten es que la democracia como mínimo necesita un bipartidismo y que uno de esos dos partidos es el peronista, porque está en el corazón, en el folklore, en el subsuelo, en el yacimiento profundo de nuestra gente. Querer a la patria es también querer un peronismo considerablemente sano, porque aun no votándolo es el partido con el que el otro partido competirá. ¿A quién le ganaría el radicalismo si el peronismo no existiera? ¿Qué sería el radicalismo sin el peronismo, dado que las cosas –como sostuvo Aristóteles- se diferencian por lo que se parecen? ¿De qué clase de democracia estaríamos hablando si pensáramos en una democracia con un partido único?

Ya sé: me dirán que es el peronismo el que ha querido ser un partido único, y reconozco que es así, pero lo que hay que lograr es que el peronismo sea un partido normal, que compita con el radicalismo y se alterne en el poder. Me dirán que sería mejor otro partido nuevo, a lo que responderé que las prótesis o los productos de invernadero nunca son buenos: lo cartesiano, la mercadería de diseño no sirve en política, donde prevalece lo empírico.

Me dirán que la maldad, la corrupción y la capacidad destructiva está en la sintaxis esencial del peronismo y que será imposible cambiarlo, y allí me veré obligado a discrepar. No hay una fatalidad, una absoluta rigidez en ningún órgano social, y mucho menos en uno tan lábil como el peronismo. Si fue sucesivamente fascista, socialista, neoliberal y mafioso, ¿por qué no puede en el futuro ser simplemente un partido político?

El radicalismo tiene la leyenda, los versos y el fervor de los incondicionales, un fervor canino, de perros apaleados que han caminado toda la noche o toda la juventud bajo la lluvia, el radicalismo sufre el infinito temporal de caspa de la Argentina peronista. El peronismo, en cambio, tiene una casa, dinero y una idea del poder. Cualquier soltera, locutoriamente, de la boca para afuera, se declararía enamorada del primero, pero optará siempre por el segundo, que la organiza y le ofrece una aparente comodidad. La Argentina hace lo mismo. Roberto Bolaño, a quien he parafraseado, tomando prestadas algunas palabras de su libro 2666, es el involuntario oráculo en el que siempre se encuentra el tono revelador. Así, el radicalismo, en lugar de pedir la abolición del peronismo, debería espetarle al oído (y aquí imito y oblitero a otro grande, Leopoldo Lugones, en uno de sus más retóricos y caricaturescos versos), como una leve invitación al incesto: Une tu frágil esqueleto al mío… oh reina morocha. Como Quetzalcoatl se alimentaba con corazones de efebos, de sangre gorila se nutre el peronismo: aceptar al hijo pródigo equivale a disolver su épica, a poner al descubierto su fragilidad. A desencantarlo.

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