SIAMESES (Anatomía de una reforma constitucional impura)

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Todo el mundo se asombra de que Chávez haya perdido el plebiscito por la reforma constitucional y hasta llegan a decir que es lógico, dadas las barbaridades que insinuaba el proyecto de reforma, tales como la reelección indefinida, sistemas de censura a la prensa y nuevos esquemas socialistas para el derecho de propiedad. Evo Morales, que quiere introducir modificaciones análogas, ha puesto a Bolivia al borde del desgarramiento territorial. En Misiones se dio otro ejemplo de rechazo a estos planes totalitarios.

Es verdad: ningún pueblo entrega su libertad de modo voluntario. Sobre todo después de ciertas experiencias como las de Hitler y Mussolini que, según cabe recordar, fueron votados en comicios populares. Chávez lo quiso hacer con apariencias de legalidad, pero “a lo bruto”, y se golpeó contra una pared. El poder absoluto se logra de dos modos: o mediante la violencia absoluta, con balas y restricciones para emigrar, para votar, para afiliarse a sindicatos, para adquirir propiedades, etc.; o bien mediante triquiñuelas. Es decir, se logra “a lo bruto” sin apariencias de legalidad, como Stalin, o con ardides fecundos, como ha sucedido en Argentina.

Pudo haber dudas razonables sobre quién era y qué representaba Cristina Kirchner. La ratificación casi íntegra del gabinete y hasta de los personajes más polémicos, como De Vido, o Moreno -el Diocleciano vernáculo-, despejan toda duda: Cristina y Néstor son lo mismo, son un monstruo único de dos cabezas, siameses, un verdadero freak político, un rara avis que nos sorprendió a todos con su apariencia falsamente duplicada. Si son lo mismo, si no media cambio alguno, el reeleccionismo conyugal que inauguran los Kirchner, y que Juan Bautista Alberdi no podría haber previsto en la Constitución de 1853 (y que debería estar prohibido), no es ni más ni menos que lo que Chávez no logró el domingo y frente a lo que muchas personas –aun de izquierda, como Mempo Giardinelli, en Página 12- se horrorizan, saludando con beneplácito los resultados venezolanos como una forma de limitar el poder chavista. A esos progresistas que se alegran de que en Venezuela el pueblo haya limitado el poder, y no haya concedido la reelección indefinida, les doy una mala noticia: aquí ya está instaurada. Y no necesitaron el 51 %, les bastó con el 45 % y una triquiñuela legal al mejor estilo “No te toco, toco el aire” de Carlitos Balá, que parece haber pasado inadvertida para la mayoría del pueblo. Resulta francamente increíble este violentamiento de las reglas constitucionales, porque hasta en las declaraciones juradas que hacen los contadores anualmente los bienes de los cónyuges suelen declararse en un solo formulario. Aquí, en cambio, frente a la instauración de la reelección indefinida que ni los más duros tiranos logran, los progresistas suelen afirmar, muy sueltos de cuerpo, que Cristina tiene una carrera política propia, tomándonos por zonzos. Como en el tema del título universitario, que insólitamente rehuye exhibir, miran para otro lado.

Pero podría decirse que el kirchnerismo logró la reelección indefinida pero no los otros conceptos que pretendía el papagayo tropical. Sin embargo, ¿qué es sino una propiedad de tipo social la que se ha impuesto a los exportadores, a quienes se les incauta compulsivamente el 35 % no ya de sus ganancias sino de su facturación? También en este aspecto, los defensores del oficialismo afirman que esos pruritos deben pasarse por alto, en la medida en que los productos del campo han aumentado su valor internacional. Tal afirmación, dejando de lado que muchos productos regionales no han incrementado su valor y aun así le aplican retenciones, es tan disparatada como sostener que en España, dado que aumentó el turismo, se deberían incautar del 35 % de los hoteles.

Aun así, forzando al extremo los términos y criterios, podría argumentarse que la reelección indefinida no es tal porque son dos personas distintas, y que las retenciones no modifican la propiedad sino que son un mero impuesto, y que hasta ahora el kirchnerismo, a diferencia del mítico loro incontinente, no ha cerrado ningún medio de difusión ni ha clausurado los sindicatos. En la Argentina, el grupo Clarín, el grupo Hadad y el camionero Hugo Moyano, es decir el grueso de los medios y los sindicatos, han pasado raudamente, y por motivos que ignoramos, a jugar a favor del oficialismo. Por otra parte, el manejo de la publicidad oficial es una herramienta ostensible para arbitrar entre los medios díscolos y los complacientes. ¿Qué necesidad había entonces de implantar la censura?

En una palabra, del mismo modo que los “desaparecidos” eran fusilados implícitos que el Estado no se atrevía a juzgar y condenar, o no tenía forma de hacerlo, aquí se ha decretado una reforma de la Constitución del ’53 por vías impuras e incruentas –es decir no revolucionarias-, vías larvadas pero hasta cierto modo ilegales y tramposas. Y digo tramposas porque no se cumplió con los métodos ni con las mayorías legalmente requeridas para obtener ni la reelección indefinida, ni la expropiación por motivos de utilidad pública ni la captación de voluntad de medios de difusión. Se hizo oblicuamente, como todo en nuestro país, desde el contrabando que fundó Buenos Aires (parafraseando a Borges) a la fecha. Los taxistas podrían empezar a poner un letrerito en sus lunetas traseras, a guisa de escarmiento para un mundo tan poco civilizado que pretende reformar constituciones mediante absurdos plebiscitos: “Los argentinos somos sutiles y humanos”.

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