SILVINA OCAMPO Y LOS KIRCHNERISTAS

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En un artículo reciente, la periodista Sandra Russo empleó el cuento “El vestido de terciopelo”, de Silvina Ocampo, con el fin de sembrar la discordia entre clases sociales y apoyar en esa empresa disolvente y disparatada al gobierno kirchnerista. En este sentido, sigue la línea de D’Elía, que odia a los blancos, y del propio Kirchner, que llama a dividir entre oligarcas y clases sumergidas.

En el relato, una niña de ocho años llega desde Burzaco, acompañando a una vecina modista, un día candente de verano, a un departamento de Barrio Norte, portando un vestido de terciopelo para probarle a la señora que vivía allí. Es verdad que se advierte la confrontación entre el mundo de esas personas de Burzaco, para quienes llegar a la Capital constituye un calvario, y barrio norte queda muy a trasmano, y la “señora”, que reflexiona sobre su viaje a París: “Hoy día, con los aviones, uno se va cuando quiere”. Pero el problema, como en el cuento de Córtazar “No se culpe a nadie”, reside en las dificultades que existen para probarle el vestido a una señora evidentemente excedida de peso, bastante disconforme con la vida que lleva (antes la niña había referido que la habían oído discutir con voces diferentes y después, cuando entró al dormitorio donde ellas estaban, que siguió quejándose por tonterías como el hollín) y que encima elige telas como el terciopelo que le hacen mal y la terminan asfixiando y matando.

Aquí hay que señalar un primer error de Russo: el vestido de terciopelo, con un dragón bordado de lentejuelas, la decoración de la casa (espejos con marco dorado, paredes rojas) y hasta el nombre de la señora (Cornelia –recordemos que hay otra obra de Silvina Ocampo que se llama “Cornelia frente al espejo”) son rasgos deliberadamente kitsch, de modo que muy lejos está de ser el “Barrio Norte exquisito” como erróneamente indica. Silvina Ocampo, en rigor, se burla un poco de los arribistas de barrio norte, pues las Ocampo claramente no se hubieran puesto un traje de ese tipo ni hubieran hablado como lo hace esta dama.

Pero lo central que intenta transmitir el cuento es que hay ciertas cosas que gustan y a la vez hacen mal, como los nardos y el terciopelo. Objetos que dan placer y al mismo tiempo matan. No importa la clase social, puede ocurrir a los pobres o a los ricos. El tema es intrínseco a la naturaleza humana: puede ser un vestido de terciopelo o “el paco”.

Pero Sandra Russo está obsesionada con defender a Kirchner y eso le provoca una suerte de anorexia literaria: donde hay kitsch ella ve exquisitez; donde hay un problema metafísico ella ve un tema político. Es notable la confusión de Russo cuando en la señora del vestido ella ve “esa furia sorda que despierta en la ‘gente bien’ esa otra gente extraña, capaz de cualquier tropelía, canallada, estafa o mentira”. ¿En qué momento Cornelia está furiosa con la modista o con la nena? Jamás. Y sigue Russo: “Delante de Casilda y de la niña la señora dice todo lo que se le pasa por la cabeza”. ¿Qué tiene eso de malo, más allá de probar su cursilería? Si Cornelia se guardara las opiniones, Russo diría que no habla con la chusma porque no la considera gente.

Sigue Sandra Russo, escupiendo su odio disolvente: la modista “llegaba en forma de mano de obra barata desde el Gran Buenos Aires, en épocas del peronismo”. Que sea mano de obra barata o no lo dirá el mercado; ni la señora Cornelia ni la periodista lo dirimirán. Ser modista o sastre es una profesión muy digna, que muchos deberían seguir, en lugar de estudiar estupideces con prestigio fashion. Rosa de Lejos, la telenovela de Leonor Benedetto, mostraba cómo una humilde modista con ganas de triunfar puede hacerlo. Lo interesante es empezar por aceptar lo que el mercado paga por el trabajo que uno hace e ir demostrando, lo más rápido que se pueda, que uno vale más. Eso se llama movilidad social ascendente. Por eso la señora le dice a la nena: “Cuando seas grande te gustará llevar un vestido de terciopelo”. Le está diciendo que no vive en una sociedad de castas, sino en una sociedad capitalista donde el que hoy es pobre, si se esfuerza, mañana puede ser rico. Y si no que lo diga Barak Obama, cuya abuela llegó del Africa con una mano atrás y otra adelante.

Y si ante la observación de Cornelia la niña piensa: “Sentí que el terciopelo de ese vestido me estrangulaba el cuello con manos enguantadas”, no es porque sea pobre si no porque no tiene los problemas ridículamente artificiales que Cornelia se arma a sí misma: la niña se ríe de todo y hubiera preferido quedarse en su casa lavando la colcha de su camita. Por ende, es incomprensible que Russo sostenga que “la niña no ha sido tratada como persona”. ¿De dónde infiere semejante cosa?

Y Russo continúa: “Hay resentimiento sordo y de ida y vuelta. Un resentimiento del que somos todavía rehenes”. Falso. Cornelia necesita a la modista, aunque le pide (ella sola y contra el consejo de la modista) algo que la va a matar, y la modista necesita de la señora (que no sólo le paga si no que además la conforta al elogiarle su obra). Y la niña representa una juventud que viene de abajo, en este caso de Burzaco, y que algún día puede llegar, en una sociedad capitalista -nunca en una socialista donde la igualación es hacia abajo- a usar un vestido de terciopelo.

Y, en el éxtasis del delirio divisionista-kirchnerista, Russo añade: “No es alguien de su misma condición quien muere… así como ellas eran, para la señora, criaturas venidas del basural, donde ladran los perros rabiosos”. No es así, son seres con un ADN común que entrecruzan sus vidas en la sociedad y tienen incluso temas en común –como el nardo-, seres que no están recíprocamente resentidos ni se repelen, aunque los separe el Riachuelo. Al contrario, la modista y la niña no quisieran ser infelices como la señora Cornelia, pero quisieran ser ricas como la señora. Éste es el error en que incurre la periodista. Mezcla un tema metafísico con un tema político. Los pobres no quieren abolir las clases, quieren cambiar de clase, quieren comprarse un auto, mandar a sus niños a una escuela privada y comprarse un TV de plasma. Por eso los grupos subversivos nunca lograron penetrar con sus ideas marxistas en los barrios pobres, donde eran despreciados por las clases trabajadoras. Y no son justamente los ricos los que buscan mantener a los pobres en su condición de desgraciados, sino los políticos populistas que los usan como clientela cautiva. Ayer los negros de Estados Unidos eran la clase baja; hoy ya son clase media y un hijo de esa camada de inmigrantes aspira a la presidencia de la nación. Hoy los mozos, los taxistas, los lavacopas y las mucamas son mexicanos, peruanos o asiáticos, pero pronto dejarán de ser pobres. Y dejarán de serlo porque en las democracias liberales el derrame, sí, existe.

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