SOLDADOS JAPONESES

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“Si puedes encararte con el triunfo
y el desastre y tratar de la misma manera
a esos dos impostores…
Tuya será la tierra…”
Rudyard Kipling

La obsesión por el triunfo a cualquier costo de la utopía fue una característica de la generación a la cual pertenezco. El “seamos realistas, pidamos lo imposible” del Mayo del 68 fue una droga que produjo adicciones fatales. La imagen del Che suicidado, con sus ojos abiertos y su boca torcida de ironía, se nos metió en la sangre y soñamos con un mundo habitado por un Hombre Nuevo que sorteara los ciclos de la evolución y produjera una mutación espiritual de la especie humana que la convenciera, al fin, de que toda desigualdad es alta traición. En los setenta el fracaso era impensable y el reconocimiento de su posibilidad llevó a que tribunales Montoneros juzgaran y ejecutaran a sus propios miembros por defección y derrotismo. La autocrítica constituía entonces una revisión de las conductas que desaceleraban el triunfo de la revolución y nunca un cuestionamiento de la misma posibilidad de su éxito. Este infantilismo psicodinámico llevó a que en 1980, desde su exilio en Méjico, los aún impunes jefes de la aventura montonera ordenaran una contraofensiva fatídica, muy parecida a un holocausto.

Los militantes que entendimos el error, tomamos distancia de ese aluvión de romanticismo autodestructivo y permanecimos aferrados a aquello que nos fue enseñado por Perón: La Casa Blanca y el Kremlin acogían a primos hermanos que se disputaban el mundo como si fueran herederos de Dios, pero en el fondo tenían intereses comunes que terminarían primando sobre la discusión menor por la propiedad de Angola o de Argentina. El tiempo dio la razón al astuto baquiano de los brazos abiertos. Para entonces ya teníamos enormes pérdidas en vidas humanas producto de la guerra de baja intensidad que libramos, un ajedrez trágico pergeñado por los primos hermanos que al fin decretaron tablas. Tardíamente nos enteramos de los horrores de la guerra sucia, juzgamos a los generales genocidas y nos inclinamos por concederles una impunidad asistida a Pepe Firmenich y sus adláteres.

Cristina y su marido no aceptaron nunca la impiedad de la historia y permanecieron aferrados a la especulación abstracta. El triunfo debía conseguirse a cualquier costo. En sus mentes la palabra negociación siguió siendo sinónimo de traición. El fracaso era el destino que esperaba a “la puta oligarquía” y a los lúmpenes que contribuían a sostenerla con sus conductas indecisas. Solo que pasó el tiempo y la historia barajó y dio de nuevo. El tercer milenio sacudió la alfombra y urdió dilemas diferentes.

En los noventa fueron hallados, en una isla perdida del Pacífico, dos encanecidos soldados japoneses que conservaban su atuendo de guerra, su fusil con bayoneta, y que aún se mostraban dispuestos a dar la vida por el Emperador. Fue difícil explicarles que se encontraban bajo la intemperie cósmica. No se habían enterado de que cincuenta años antes el horror de Hiroshima había decretado el fin de la guerra; todavía conservaban su espíritu samurai.

Con estos datos desprolijos que disemino, hago sonar una alarma: enfrentamos un escenario en el cual no cabe la esperanza de una composición de intereses que nos libere del desastre. Cristina y el batallón de soldados japoneses que la secundan continúan en su isla y están dispuestos a sacrificar su vida por el Imperio del Sol Naciente.

Decía Von Klausevich que aun en la victoria plena no se podía acorralar al enemigo al punto de no dejarle una vía de escape porque, si así se procedía, se lo obligaba a combatir hasta la muerte. Lo aprendí a los dieciocho años, en el viejo Gremio Gráfico que está sobre Paseo Colón, donde un seminarista nos enseñaba táctica y estrategia de guerra. Néstor y Cristina no concurrieron a esas clases.

Y, para colmo, Alfredo De Angelis hoy cambió su piano por una orquilla, nos conmueve con su sabia simpleza e interpreta en los cortes de ruta un tango triste, solitario y final.

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