SOLITA Y SOLA

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Sé que mi modo de expresarme puede resultar áspero, hasta grosero, pero he buceado dentro de mí para encontrar palabras cosméticas (vaya paradoja) y no me salen otras que las que voy a decir a partir de ahora. La noche del miércoles 20 de mayo pasé de la vergüenza ajena a la irritación después de soportar, por un rato, la entrevista que Solita Silveyra le hizo a Cristina K. La imagen era la de dos mujeres con la piel estirada por la alquimia de los luciferinos acólitos de Dorian Grey, hablando de cosas intrascendentes, bajo el flujo tibio de la vanidad. La actriz devenida en reportera novel (ex pretendiente de Rolando Rivas y actual pareja de Chacho Álvarez, por si algo indican estas referencias al pasar) fingió mal su sorpresa de que Cristina la hubiera elegido a ella para concederle la entrevista que le niega a periodistas capaces de exponerla a algún mínimo riesgo. Creo que Cristina debería echar al asesor que le “vendió” este escenario como favorable para su imagen. Él debe de haberla convencido de que su aspecto y su modo de ser y proceder le confieren un carisma subyugante y que los televidentes caen rendidos a sus pies, seducidos por sus mohines, su voz impostada, su indisimulable soberbia y su vanidad de estrellita de la troupe de Pancho Dotto. Quizás el único momento en que fue inusitadamente sincera fue cuando dijo que se había quedado afónica de los nervios cuando Kirchner llegó a Presidente de la República y lo catalogó como hijo de la crisis del 2001. Le faltó decir, como a los expertos en marketing, que en toda crisis hay una oportunidad. Sólo que la oportunidad, en este caso, fue para su familia y no para el pueblo, y que en el fondo la experiencia del 2003 fue para ella como haberse sacado la grande de Navidad: por eso se quedó sin voz. Se le escapó una berretada, de chica de suburbio, cuando no se animó a decir el nombre del ex presidente Menem, porque tácitamente consideró que nombrarlo era “yeta”, tal cual se ocupó de explicitar su deslumbrada reportera. Omitió el recuerdo de su marido adulando primero a Menem y después a Duhalde para llegar al poder. Hago un paréntesis aquí, para reflexionar sobre la cuantía de la deuda que los Kirchner mantienen con Duhalde, a quien sorprendieron apenas pudieron, con una chirinada de la más baja ralea, y cuánto le debe Duhalde a todos los argentinos por su obstinación a la hora de entronizar a cualquiera con tal de vengarse de Menem. Poco después, en medio de la entrevista, definió a sus hijos. Parece que Máximo, un hombre con el cual la naturaleza ha sido mezquina, quien a pesar de manejar los negocios de la familia y dirigir La Cámpora (ese remedo de neomontonerismo fashion) ha elegido el bajo perfil, tiene esta actitud porque es un producto de la modernidad, mientras que Florencia, su hija menor, quien acostumbra a hacer algunos pequeños escándalos, como arrojarse vestida a la pileta de Sobremonte, un boliche de Mar del Plata, después de abusar de los cócteles, elije la alta exposición porque es posmoderna. La capacidad de síntesis para insinuar los caracteres distintivos de la modernidad y la posmodernidad resulta francamente desoladora, proviniendo de un cuadro de élite del peronismo, tal cual ha definido el vanguardista de los bigotes erizados y la lengua afilada, Aníbal Fernández. Poco después Cristina le confesó a su interlocutora que no tenía tiempo de leer los diarios, que apenas revisaba los titulares, y que prefería informarse sola a sí misma. Sentí que un frío me corría por la espalda. Era casi una ficha técnica de la característica más visible del autismo: desatender las señales del mundo exterior. Cuando la Presidente comenzó a mostrarle a Solita los cuadritos familiares y una botella de aceite que tiene desparramados en su despacho sufrí un ataque de ira y le dije a mi mujer: “Porque no apagamos este cachivache y nos vamos a la cama”. Pido disculpas a los sufridos seguidores de mis textos por mis frecuentes digresiones, porque deberán enfrentarse a una más. Desde esa noche la eufonía de la palabra cachivache comenzó a rondar mi cabeza como un mantra maléfico; decidí investigar la etimología del término. Encontré que cachivache, en una de sus acepciones, refiere a “trasto, cacharro u objeto viejo e inútil” y que es mucho más usual, desde sus orígenes, bajo la forma plural de “cachivaches”. Me liberé de mi obsesión, pero ahora siento en mis oídos permanentemente una canción que entonaban en ronda las niñas, en el atardecer entrerriano, y que decía: “Que la dejen ir al baile sola… déjenla sola, Solita y Sola, que la quiero ver bailar”. Ya pedí turno con el psiquiatra.

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