STRAUSS-KHAN Y EL SEXO ORAL

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Por lo que sabemos, un amigo de Strauss-Khan, Bernard Henry-Levy, se ha constituido desde el primer momento en el mejor defensor del presunto violador. Sin embargo, no se han presentado todavía los mejores argumentos para su defensa. En efecto, la fiscalía de Manhattan ha reprochado al poderoso Strauss-Khan haber abusado de una pobre mujer oriunda de Guinea, obligándola a practicar el denominado “sexo oral”, que no es, por supuesto, el sexo hablado. El acusado habría reconocido el trato sexual, manifestando en su defensa que no había existido violencia por haber sido consentido por la denunciante. El episodio nos recuerda al que resolviera Sancho Panza, que tuviera lugar, en la imaginación del autor del Quijote, en la ínsula de Barataia. Una campesina había acusado a un paisano de haberla violado. Sancho Panza escuchó primero la versión del paisano, que afirmó, como Strauss-Khan, que la relación había sido consentida. Y luego a la joven, que insistió en haber sido violada. Sancho dirimió la contienda en favor de la joven, condenando al campesino a pagarle 20 monedas de plata. Pero obró con sagacidad y ordenó al paisano: “síguela por el sendero que conduce a la aldea y sácale su monedero”. El joven volvió sin haber cumplido su cometido: la joven se había resistido, oponiendo una fuerza que le había impedido cumplir la orden del gobernador. Entonces Sancho mandó detener a la joven y restituir las monedas con las que había sido indemnizada: “Si hubieses tenido tanta energía para defender tu honra como la que tuviste para defender tu monedero nada te habría ocurrido”. Sancho no era un jurisconsulto sino un hombre sencillo y práctico. Sin embargo, su juicio fue más sensato que el de la justicia de Manhattan, integrada por jurisconsultos notables. Es que en ocasiones, la ciencia se confunde en vericuetos eruditos que impiden la comprensión de asuntos sencillos (el libro de los Hechos de los Apóstoles recuerda al procurador romano Agripa, que le dijo al apóstol Pablo: “las muchas letras te vuelven loco”). Pero volviendo a Strauss-Khan, existen circunstancias elementales que pueden ser apreciadas por cualquier persona que tenga una mínima experiencia en asuntos del amor y del sexo. En efecto, una fellatio no puede ser efectuada en contra de la voluntad de quien la lleva a cabo. Hay en esa práctica un sujeto claramente activo, que es el que practica el sexo oral y otro también claramente pasivo, que es aquel a quien esa práctica se le hace. Quien practica una fellatio no solo debe introducir el miembro en su boca, abriéndola en toda su amplitud, sino que debe persistir en su quehacer por un lapso más o menos prolongado. Debe hacerlo además con sumo cuidado, de modo de proporcionar placer sin producir daño con los dientes. Es que el sexo oral es un arte que debe desplegarse mediante maniobras cuidadosas y reiteradas hasta el orgasmo del sujeto pasivo. Casi por definición, el sexo oral excluiría la violencia, salvo que existiesen amenazas con armas que, por lo que sabemos, no existieron en el caso que nos ocupa, de acuerdo a la denuncia efectuada. La imposibilidad se hace más patética aún si se considera que quien pretende haber sido abusada es una mujer de apenas 32 años, que tenía capacidad para resistir el ataque de un hombre desarmado que la doblaba en edad. En la versión del Quijote, un hombre sencillo e iletrado como Sancho Panza, juzgó con acierto porque sabía qué era una violación y cuál la resistencia que podía oponer una mujer. Por eso encontró la forma de comprobar si la queja era sincera o si se trataba de una fabulación aprovechada. Los jueces y fiscales de Manhattan no parecen haber tenido en cuenta estos simples extremos. De otro modo, jamás hubiesen creído la versión de la joven empleada, ni le habrían reprochado a Strauss-Khan un delito de tan inimaginable factura.

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