TILINGOS VS. GRASAS

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La colosal película El hombre de al lado, filmada en la única casa que construyó en América el arquitecto Le Corbusier, en La Plata, exhibe de modo magnífico, como un sutil manual, la confrontación entre dos estilos pero, por sobre todo, entre dos morales: la tilinga contra la grasa. Hay en el estilo y en la moral tilingas matices intelectualosos, despreciativos, falsos guiños hacia los pobres y miserabilidad, pero también hay un deseo de generar riqueza, originalidad y una estética considerable. Por el contrario, en el estilo y la moral grasas resaltan los rasgos caritativos, amigueros y una exaltación de la defensa de los débiles, pero también hay una estética cursi, una constante tentación hacia el protagonismo facilista y abrillantado y una tendencia irresistible y malsana a inmiscuirse de modo abusivo en las vidas ajenas con sus gestos ampulosos y descomedidos. ¿Qué es mejor? ¿Es mejor un individuo que no genera nada, molesta al vecino con sus groserías y mal gusto, y encima se infatúa de ser un irresistible seductor, pero es bueno (dicha esta palabra con las correspondientes comillas que acotan su significado a un sentido más o menos vulgar), o bien es preferible un individuo pretencioso, que habla en alemán, que se llena la boca con la defensa de los aborígenes, que diseña muebles sofisticados y se abroquela para no molestar (dicha también esta palabra en un sentido más o menos vulgar), pero llegado el momento es incapaz de un acto de bondad? Desde el principismo kantiano parecería que la respuesta se inclina a favor del grasa (“que se haga el bien aunque el mundo se venga abajo”), pero desde una visión más consecuencialista no cabrían dudas de que el tilingo suele ser más productivo y sus obras pueden tener mayor validez. En todo caso, el problema de ambos es su inadaptación a la realidad. El tilingo vive en una casa constuída por Le Corbusier sin advertir que el vidriado es propicio, en determinada época y lugar, al acceso de ladrones, que los turistas y curiosos constituirán un incordio, que sus hijos crecerán como autistas ensimismados bajo el blindaje de los audífonos de sus I-pod, que su mujer se tornará una histérica por falta de atención, y que sus amoríos serán imposibles porque los alardeos de intelectual jamás pueden suplantar la galantería. Pero el grasa también caducará: sus ademanes prescindiblemente heroicos chocarán contra la realidad de chiquilnes drogados y “jugados” y contra la frialdad especulativa de la moral tilinga. No hay uno mejor que el otro, ambos son inadaptados sociales. Lo que otorga a esta película un sentido de gran obra de arte es su capacidad para matizar, su nula bajada de línea. Y queda una pregunta crucial, para la cual no tengo en este momento una respuesta definitiva: ¿es posible cruzar y mezclar estos dos mundos sin que sea trágico en la comicidad de su colisión y en la probable confusión recíproca, o es preferible que se mantengan aislados, separados? El tilingo, en su soberbia, prefiere el aislamiento; el grasa, en su candor, la mezcla.

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