TRAICIÓN

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Gualeguaychú es una tierra mítica, en cuyas casas coloniales, de balcones bajos y puertas importantes, uno puede imaginar a un coronel que espera las cartas que nunca llegan, y en cuyos prostíbulos, pudorosamente ocultos tras el rótulo eufemístico de “Wiskería”, se esconde una Cándida Eréndida explotada por alguna abuela malvada. Si uno camina en el verano por sus calles, después del mediodía, y toma por ejemplo por 25 de mayo, su calle principal, puede circular casi en soledad en medio de carteles de propaganda que se ciernen desde la altura sobre las calzadas y que no denotan esfuerzos imaginativos. Si el negocio que se promociona vende carnes se llamará, por ejemplo, “El Chinchulín Loco”. Si se trata de una ferretería se llamará “La Tuerca Oxidada”. Las heladerías se llaman Antártida y las pollerías, típicas del lugar, “El Pollo Travieso” o “Cresta Colorada”. Sin embargo, ha sido cuna de escritores brillantes y de hombres de ciencia que han hecho historia: Gervasio Méndez, Fray Mocho, Olegario Víctor Andrade, Julio Irazusta y un anacoreta de la cultura que fue mi tío abuelo, Don Luis Doello Jurado, a quien la ciudad le ha adjudicado el título honorífico de “Sócrates de Gualeguaychú”, porque dejó pocos escritos pero condujo una movida cultural allá por 1940, a la cual imbuyó de una filosofía austera y fanática, enamorada de la magia de ese ambiente exuberante. Por pura vanidad, no quiero dejar de recordar a mi otro pariente ilustre, Don Martín Doello Jurado, paleontólogo y ex director del Museo de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia, que hoy tiene su sede en Parque Centenario.

Nadie sobre la costa del Río Uruguay es más parecido a un uruguayo que los nativos de Gualeguaychú. El termo bajo el brazo, el tránsito cansino hacia la playa de río con los chicos portando las sillas plegadizas, sus voces altisonantes y cantarinas, son episodios isocromáticos de un lado y del otro del Río de los Pájaros. Si uno cruza a Fray Bentos no notará que sus zapatos se enturbian de una tierra diferente. Las soberanías por allí sólo expresan pretensiones de mastines obstinados por marcar sus territorios, pero para nada afectan a sus habitantes que quizás tienen incorporados en su memoria genética los tiempos en que Artigas y Ramírez eran aliados y gobernaban un territorio que consideraban común.

Los gualeguaychuenses cultivan con maestría “el bolazo”, esa mentira sin maldad, esa exageración concebida para divertir al interlocutor y para matar el tiempo. En cambio, aborrecen la perfidia, la mentira como instrumento para ocasionar perjuicios al paisano.

Su ya famoso corsódromo es la construcción que muestran con mayor orgullo. Por allí desfilan las aspirantes a estrellitas de Sofovich y uno que otro figurón en decadencia que no vacila en llenarse de plumas y desparramar purpurina sobre sus pechos contoneándose al son de los tambores. Esta escenografía eligió nuestro Presidente, bajo el estruendo de la batucada, para afirmar enfáticamente el 5 de mayo del 2006: “No están la Provincia de Entre Ríos ni la ciudad de Gualeguaychú solas en esta lucha por el derecho, está la República Argentina y el pueblo argentino todo comprometido para solucionar esta controversia.”

El día 30 de septiembre de 2007, regresaba de visitar a mi madre en Concepción del Uruguay, una ciudad situada 70 kilómetros al norte de Gualeguaychú, cuando me sorprendió un piquete que cortaba la ruta 14 en protesta por las declaraciones que acababa de vertir el Presidente en Nueva York: “La planta de Botnia ya está ahí y no hay nada más que hacer. El fallo de La Haya habrá que acatarlo y se terminó.” Un cartel con la foto de Cristina Kirchner atravesado por una cruz pintada con aerosol rojo rezaba: “TRAICIÓN”.

El corte era por tiempo indeterminado, de modo tal que bajé del auto y busqué algún interlocutor en la multitud. Me acerqué al Tente, un vendedor de choripanes que le daba sorbos interminables a una bombilla hundida en un gigantesco mate calabaza. Mientras saboreaba su mercadería, aproveché para tirarle de la lengua: “Acá los apicultores están viendo cómo los enjambres migran desde que comenzaron las pruebas en las pasteras. Parece que las abejas detectaron el cloro en el aire. En Europa están poniendo peros para comprar los pollos de la región y las casas de Gualeguaychú han perdido un 30% de su valor. En el Arroyo del Cura aparecieron un montón de tarariras muertas”, farfulló, mientras se limpiaba las manos en el delantal.

No se me ocurrió preguntarle qué opinaba de Kirchner porque, un poco más allá, una señora que deglutía una torta frita y despedazaba un cartel con la foto maltrecha del pingüino, vociferaba en medio de las miguitas que se escapaban de su boca: “¡Traidor! ¡Canalla! ¡Por fin se sacó la careta!”

Resignado, emprendí el camino de vuelta a Concepción del Uruguay para tomar el desvío hacia Basavilbaso, travesía que demoraría más de dos horas y media mi retorno a Buenos Aires. No hablé durante un largo trecho. Pensé que solamente a un perverso se le pudo haber ocurrido mentirles a paisanos enamorados de su tierra, sin más pretensiones que la de seguir viendo volar bajito a los benteveos y a los martín pescador, bajo las flores de ceibo que caen como nieve de sangre sobre las aguas limpias de los arroyos y los riachos. También recordé que en la primera batalla de Cepeda, en 1820, Pancho Ramírez, el Supremo Entrerriano, después de propinar -contra todos los pronósticos de la época- una verdadera paliza a los ejércitos del poder central conducido por el General Rondeau ató su caballo en los andariveles de alambre que circundaban la pirámide de Plaza de Mayo. Suspiré desolado y me sentí un Entrerriano Mínimo. Ojalá que nuestro Presidente haya leído alguna vez al menos un libro de historia. Era lo que Perón recomendaba a cualquier aprendiz de líder.

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