UNA DE PIRATAS

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Dispuesto a todo, el capitán Kirchner ha ordenado que todos los marineros formen en la borda para atender las velas que mantienen a flote su precaria goleta ideológica en medio de un océano político plagado de tempestades. Scioli, el ayudante de a bordo que sabe por experiencia propia el peligro que ocultan las turbulencias de las aguas, vacila entre provocar un motín o apurar el hundimiento y ahogarse en nombre de la lealtad partidaria. Los intendentes son marineros rasos que murmuran a escondidas sobre la locura del capitán y mandan señales a la flota adversaria, que acecha a la distancia, con la esperanza de que les den asilo en sus barcos porque planean huir en la noche en sus chinchorros agujereados. En el dramatismo de esta metáfora se ocultan todos los componentes de nuestra realidad política. Aun cuando Kirchner logre superar el difícil examen de junio, su deterioro se volverá inocultable y solo despertará la adhesión de aquellos con los cuales no los une el amor sino el espanto. Aquellos que saben que los privilegios obtenidos subrepticiamente se le evaporarán en las manos apenas pierda el poder el kirchnerato. También Menem ganó por mayoría simple la elección del 2003 y hoy es un fantasma errante cuya mayor condena debe ser que sabe que su muerte no provocará el fenómeno de reconocimiento que sí despertó la desaparición de Alfonsín. Ni siquiera aquellos que le rezaban seis veces por día arrodillados, mirando hacia Anillaco, se acercan hoy a La Rosadita. Pocos orarán por su alma en el Salón Azul del Congreso cuando le toque entregar el equipaje y enfrentarse a Dios. Es que la Argentina es un país especialista en provocar el desencanto de cualquier intento hegemónico y, muy en el fondo, prefiere a los líderes que dudan, como dudamos todos, y que muestran fisuras de carácter por las cuales se cuela el desconcierto, como ocurrió con Alfonsín en La Tablada o en la crisis de Semana Santa. Poco a poco los argentinos comienzan a comprender que el presidencialismo personalista nos ha traído hasta aquí. Que las figuras fuertes que alguna vez fueron útiles en nuestra historia, y nos ayudaron a resolver dilemas, comienzan a ser inapropiadas en tiempos en los cuales el poder representa un desafío demasiado grande como para confiárselo a un solo hombre. Perón se dio cuenta de esto, por pura intuición estratégica primordial, y soñó con integrar una fórmula con Balbín, del cual dijo: “Es el hombre que más sabe de política interior en este país”, y quiso preservarse para sí el manejo de las relaciones exteriores, confiando en que su excelente relación con los países árabes podría redituar en una prosperidad a largo plazo con nuestro país. No se dio, pero la idea, para ese momento histórico, no era mala. Creo que el parlamentarismo está inscripto en nuestro futuro. Que la crisis de De la Rúa en el 2001 hubiera tenido una resolución menos cruenta que la que tuvo si hubiera sido rápidamente reemplazado por Duhalde, sin gases lacrimógenos y muertos, por la ejecución de un simple mecanismo parlamentario que hubiera decretado el cese de sus funciones. Creo que ya estamos maduros para eso. De una vez por todas, no hay que tenerle miedo a la dispersión del poder, sino elevarlo a categoría de ideal de la democracia. Aun cuando en un primer tiempo apareje cierto caos. El 2011 está demasiado lejos, el escenario es confuso y caótico y la Presidente es un dibujito animado que se viste con diferentes trajes y nos hace ojitos para captar nuestra atención, pero siempre cuenta la misma historia de la cual todos adivinamos el final. Sólo me preocupa que, en la flota adversaria, existan capitanes expertos, capaces de arrear la bandera negra con la calavera y las tibias y elevar por fin, con convicción y honestidad, la azul y blanca, con sus mentes puestas en cada uno de los argentinos que sufren, que poco saben de dilemas ideológicos, cuyos estómagos ya no admiten ninguna dilación.

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