UNA ÉTICA DE LA CADUCIDAD

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Cortar el tiempo, fijar el presente, atrapar un instante: ésa es la utopía del fotógrafo. Desde la antigüedad, sabios y alquimistas se habían debatido en esa epopeya inhumana de someter la vida a un congelamiento. Heráclito había percibido esa angustia en la alegoría del río que no para. Narciso se perdía en un caleidoscopio evanescente. Sísifo era condenado a la eternidad, pero circular penosa, por luchar contra el flujo imparable. “¡Detente, oh tiempo!”, era la exclamación del poeta desesperado ante ese devenir irreversible e incontenible que nos lleva a la muerte como una fatalidad terca.

El acto de fotografiar es el acto de expatriar un estado de la realidad de esa circulación, de esa corriente que se lo lleva todo, quitar una imagen de la vida como quien saca un libro de un estante y ponerla a resguardo. Pero ese acto quirúrgico desvalija la imagen: le confiere un nuevo status, la des-humaniza. Del mismo modo que sucede con esos seres vivos a los que, al sacarlos de su hábitat natural, se los condena a una existencia fallida, la escena arrancada por el fotógrafo pierde su ontología y se seca. Por eso la obra de Oscar Muñoz se pregunta, más bien, cómo era la escena que es sustraída a la vida un instante antes de operarse esa profanación. Quizás por eso la muestra itinerante que pasó por el MALBA de Buenos Aires, que ahora se está exponiendo en el MALI de la capital peruana y que en 2014 se exhibirá en el Jeu de Paume de París se llama Protografías, en alusión a esa fotografía anterior, nonata, incipiente, en potencia, que se perdió en el instante previo a que el artista apretara el obturador.

Despojos

En la serie Narcisos secos, Muñoz ejecuta el siguiente proceso: llena varios contenedores de vidrio con agua hasta el borde, luego cuela carbón vegetal a través de una seda hasta que el retrato negro se deposita en la superficie del agua. Cada contenedor es preparado de modo distinto, de modo que cada imagen evoluciona de modo también distinto. Durante la muestra el agua se va evaporando por el clima y las vibraciones. Las imágenes van cambiando y finalmente se secan y se depositan en el fondo del recipiente. El resultado, la obra son los despojos de la fotografía original: la muerte del proceso es a la vez el nacimiento de la obra. La obra de Muñoz es, así, una narrativa del desvanecimiento. Es la vida. En la serie Biografías, el artista opera de modo similar pero lo hace con fotografías de personas muertas sacadas del obituario. Los muertos se van deformando como se deforma y disuelve la memoria, los muertos se resisten a ya no ser, a no estar, pero son objeto de una segunda muerte. Lo mismo ocurre en Ante la imagen: la obra está formada por espejos en los que al imprimirse el aliento del espectador surge mágicamente la imagen de una persona muerta, que naturalmente después desaparece a media que se disipa el efecto del aliento. En la videoinstalación Re/tratoalguien dibuja una cara sobre un muro al sol, pero cuando está terminando el sol ya empezó a borrar los rasgos donde había empezado a dibujar, de modo que la cara nunca se completa y la condena del artista es circular y eterna, como en el mito de Sísifo o en las metáforas de Kafka.

La imagen fotográfica adopta siempre su propio camino. Como bien señala Roland Barthes, los seres humanos aspiramos a un escándalo lógico: que las miles de fotos que nos toman, sometidas a traqueteos cambiantes, a merced de mil situaciones y edades, coincida siempre con nosotros. Pero la imagen es inmóvil y obstinada mientras que nuestro yo es ligero y disperso, por eso no se parecen nunca. Y con la obra Ambulatorio, Muñoz ha llevado su procedimiento incluso a la vida de las ciudades, específicamente a su ciudad: Cali. Por eso la muestra tiene una zona en la cual el piso está construido con un mapa satelital de Cali encapsulado en un vidrio templado que, al recibir las pisadas ruidosas de los transeúntes, va estallando: y la ciudad que parece aislada asépticamente allí abajo se resquebraja. Así la ciudad se reinventa continuamente.

Intento estéril

El terrible pero a la vez lúcido mensaje (con perdón de la palabra) de Muñoz es que nada vive si a algunas cosas no se las deja morir. Nada es para siempre. Todo intento de eternidad no sólo es mera ilusión sino a la vez un atentado. Los turnos generacionales son dolorosos pero necesarios. La gran paradoja es que la muerte y hasta el olvido son quizás lo más humano que hay. Lo inhumano es la utopía de perpetuación, de perennidad, esa operación a la que son tan afectos algunos políticos. Que los seres nos esfumemos es lo natural, todo memorial es una pretensión desmesurada y temeraria. Me dan rabia pero también tristeza los caudillos latinoamericanos que, al no querer desapegarse y desmaterializarse, al rehusarse a desmontar su aparato de poder, al posar de imprescindibles, arruinan y saquean lo que sí tiene de tenso e interesante su existencia: ese lapso breve e inefable pero tan rico y vivo que media entre que la imagen es depositada en la superficie del agua y el momento final en que los despojos se asientan, sedimentados, en el fondo del recipiente seco. Por no querer ser nunca despojos no están nunca vivos. A esos poderosos tan tontos interpela con sutil audacia este colombiano universal.

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