VICENTE SAMPAGLIONE: UN ASESINO SENTIMENTAL

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Vicente me mira a los ojos y me dice: “A mi me dijeron que llevara el fierro y que si me portaba bien me darían un trabajo”. Tiene noventa y cinco años. Sampaglione era muy pibe cuando se unió al caudillo Alberto Barceló de Avellaneda, “para lo que guste mandar”. Juan Ruggieri (Ruggierito), el lugarteniente del caudillo, lo había levado de un quilombo donde lo vio pelear mano a mano con un alemán al que le dejó la cara amoratada a trompadas, se lo escurrió a la policía y lo refugió en las huestes que cuidaban la espalda del político conservador. Por ese entonces, Vicente no estaba en este decadente depósito de viejos de Caballito donde elude el asedio de la muerte. “El problema siempre fueron los comunistas que armaban quilombo”: alguien le disparó a un tipo de barba que enarbolaba una bandera roja. El caudillo le dijo: “hágase cargo Sampaglione que de su familia nos ocupamos nosotros”. Y Vicente, por pura lealtad dijo que había sido él quien que le agujereó la panza al “occiso”, como llamaba al muerto el escueto parte policial. El caudillo pujó entre jueces y leguleyos y le consiguió la mínima: purgó ocho años en Olmos, durante los cuales fue un hombre de respeto y se hizo adicto al Código Penal, del cual puede recitar de memoria todos sus artículos. “Mi viejita por entonces vivía, con su diabetes a cuestas, y yo tenía cinco minas de fierro que no me abandonaron”. El caudillo cumplió con los códigos: nunca les faltó nada. Interrogo a Sampaglione sobre la identidad del que efectivamente mató al comunista. Carraspea un poco, mira hacia la ventana, sonríe con malicia y me responde: “Doctor, estoy muy viejo para volverme ortiva”. De pronto se le nubla la mirada y unas lágrimas surcan las grietas de su rostro apergaminado. Me comenta, con la voz quebrada por la emoción, mezclada con la risa, que al cumplir su condena el caudillo le regaló una casa en Villa Pueyrredón, y se llevó a vivir con él a todas sus minas, que ya estaban viejitas. Su madre ya había muerto pero fue un tiempo felíz. Tenía cinco líneas de teléfono en épocas en que para conseguir una, a través de la vieja Entel, había que integrar una lista y tener paciencia de años. “Influencias”, dice, mientras enciende un cigarrillo a escondidas. Se dedicó a levantar quiniela y prosperó. Pasó el tiempo, el caudillo se murió, llegó Perón, y después militares y más militares. Las minas viejas se le murieron de a poco y recaló en este geriátrico “lleno de giles”. Sobre una mesita destartalada de su cuarto hay un florero con siete claveles: cinco son rojos, por las putas que le fueron fieles, y dos blancos, uno por su madre y otro por el caudillo. Me despedí de él, salí a la calle y me metí en el bar de Don Carlos, en la calle Bonifacio, a metros de Centenera. Allí barrunto mis desconciertos y me dejo ganar por la melancolía frente a un vaso de vino tinto. En la televisión empotrada en la pared los noticieros repiten la imagen de Mariano Ferreyra, un pibe de mirada alucinada que militaba en el Partido Obrero y que fue asesinado en medio de una protesta. Los candidatos a asesinos son varios. Sonrío y pienso cuál de ellos será el “Vicente Sampaglione” que finalmente terminará cargando con el muerto por lealtad a algún caudillo, a cambio de algunas seguridades. Corre el 2010. Un progresismo olímpico se apresura a afirmar que después de doscientos años por fin las cosas están cambiando. Sin embargo, a Ferreyra lo mataron ahora, en pleno “cambio”, y el caudillo que dio la orden goza de tanta impunidad como aquella de la que gozaba Alberto Barceló, el mítico dirigente conservador de Avellaneda. Algún Sampaglione deberá purgar condena porque de vez en cuando hace falta un sacrificio humano para calmar la ira de los dioses. Nuestra historia se entretiene dándole diferentes tintes a su vocación por la circularidad y nos vive interpelando como una esfinge maliciosa. Por puro devaneo me pongo a pensar si la Argentina no será la versión apócrifa, adulterada, de una ficción griega y que, como Prometeo, se robó alguna vez algún fuego y está atada a una roca sobre la cual desciende día a día, por derecha o por izquierda, un águila voraz que le devora los sueños cada vez que estos vuelven a regenerarse.

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